La semana pasada no hubo entrada en el blog. Lo confieso. Me salté a la torera el calendario editorial, las buenas prácticas del blogger constante y las normas no escritas de internet que dicen que si no publicas, no existes.
¿El motivo? ¿Una crisis existencial? ¿Un viaje sorpresa a las Maldivas? ¿Me ha fichado la NASA? No. El motivo es mucho más revolucionario y antisistema: no tenía absolutamente nada que contar.
Y qué maravilla, oye.
Vivimos en una época en la que parece que si tu vida no es una montaña rusa de emociones, viajes y tostadas de aguacate perfectamente iluminadas, estás fallando en algo. Pues bien, mi semana ha sido una oda al gris, al beige y al color acelga hervida. Una semana de esas en las que los días se confunden y, si me preguntas qué hice el martes, te diré que "martesear".
Pero ojo, que "no tener nada que contar" no significa estar quieto. Al contrario. En el cuartel general de los Cangrejo la actividad ha sido frenética, solo que poco glamourosa.
He limpiado. Mucho. He descubierto rincones detrás del sofá donde se crían pelusas con ecosistema propio, probablemente civilizaciones enteras que veneran una pieza de Lego perdida de Cangrejito como a un dios pagano. He cocinado purés que no pasarían el filtro de MasterChef pero que alimentan y calientan el alma (y queman la lengua).
Y, entre bayeta y cucharón, he estado corrigiendo mi nueva novela.
Ay, la novela. Suena muy bohemio dicho así, ¿verdad? "El autor se retira a corregir su obra". La realidad es que soy yo en chándal, con cara de haber mordido un limón, peleándome con una coma que no sé si va ahí, o allá, o si debería borrar el párrafo entero y dedicarme a la cría del caracol.
Así que no, no ha habido grandes hitos. Mamá Cangreja y yo no hemos salvado el mundo, ni hemos descubierto la pólvora. Simplemente hemos sobrevivido a la rutina, que ya es bastante deporte de riesgo.
A veces me siento culpable por no traer aquí aventuras increíbles cada semana. Pero luego pienso que quizá vosotros, al otro lado, también tenéis semanas de estas. De las de limpiar, cocinar, corregir (novelas, excel o deberes de mates) y esperar a que llegue el viernes. Y que, en el fondo, leer que a otro tampoco le ha pasado nada interesante consuela bastante.
Esta semana prometo intentar que me pase algo digno de mención. Aunque sea tropezarme de forma graciosa. Pero mientras tanto, reivindico el derecho a ser aburridamente normal.

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