Esta noche he soñado. Y he llorado.
Pero llorado bien, a moco tendido, con pucheros y todo el despliegue dramático. Y ojo, que no lloraba porque faltaran cinco minutos para que sonara la alarma del móvil, que motivos no me faltarían.Estaba yo en mi sueño paseando por una especie de almacén enorme, un rastro de antigüedades al que había llevado unos discos rusos viejos, unas rarezas de las que, en la vida real, no tengo ni la más remota idea. Pero allí estaba yo, paseando por los pasillos cuando algo en una estantería me ha hecho frenar en seco: un álbum de fotos de lomo verde. Era parecido a uno que tengo de verdad por casa.
Lo he cogido, lo he abierto y, de repente, pum. Me ha invadido una pena profundísima, una añoranza bestial que se me ha agarrado al pecho. Lo curioso es que las fotos no me decían nada. Eran imágenes en blanco y negro y otras en color ya viradas al naranja por el tiempo, pero no reconocía a nadie. No eran mis abuelos, ni Mamá Cangreja, ni los niños. Eran desconocidos. Y aun así, yo lloraba como si estuviera perdiendo algo irrecuperable.
El despertar ha sido raro, con esa sensación húmeda en los ojos y el cuerpo un poco revuelto. Pero la vida sigue, el despertador ha sonado (esta vez de verdad) y me he puesto el piloto automático: desayunos, meterle prisa a Cangreteen, prepararle el almuerzo a Cangrejito... La rutina de siempre. Pero mientras untaba mantequilla, la imagen del álbum verde me seguía rondando.
Y me ha dado por mirar las paredes de mi casa.
Me he dado cuenta de que en el cuartel general de los Cangrejo no hay fotos de gente. De nadie. Si miras nuestras paredes, solo verás un par de fotos de unos viajes que hicimos a principios de los dos mil: un rincón de Edimburgo por aquí, una calle de Singapur por allá. Recuerdos de cuando éramos jóvenes y no nos dolía nada. Pero no hay ni rastro de mis padres, ni de mis suegros, ni de mis hijos. Nada. Cero.
Es curioso, porque en casa de mi madre las paredes y los muebles siempre han hablado. Fotos de mis abuelos, de primos que hace años que no veo, de bodas, bautizos y comuniones. Ahora que ella vive con mi hermana, sigue teniendo en su habitación esa mesita que parece un altar pagano lleno de marcos: ahí estamos nosotros, sus nietos, sus hermanos.
Sin embargo, aquí estamos nosotros, con las paredes mudas.
Me ha hecho pensar si es cosa mía o si es que nos hemos vuelto una sociedad más desapegada, donde tener la cara de un pariente colgada en el salón nos parece "antiguo". Seguro que, si hay algún psicólogo en la sala, ahora mismo estará diagnosticándome algún síndrome moderno con nombre en inglés, o explicándome que mi subconsciente rechaza el pasado. O yo qué sé.
Aunque, pensándolo bien, quizá sea algo más sencillo y a la vez más jodido. Quizá llenar la casa de fotos sea un recurso de defensa para cuando nos hacemos mayores. A lo mejor, cuando los hijos vuelan y la casa se queda grande y silenciosa, necesitamos rodearnos de esas caras congeladas en el tiempo para amortiguar su eco. Para recordar que, aunque ahora haya silencio, ahí hubo ruido y vida.
No sé.
¿Vosotros tenéis fotos de la familia puestas o sois también del club de las paredes asépticas?

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