miércoles, 7 de octubre de 2026

El noble arte de la procrastinación


Tengo delante el nuevo temario. Folios inmaculados, la Constitución abierta por el Título Preliminar y una torre de subrayadores perfectamente alineados. 

La taza de café humea. La escena es impecable, digna de un anuncio de una academia de éxito. Sin embargo, llevo cuarenta y cinco minutos mirando fijamente un clip metálico, preguntándome cómo diablos consiguen en la fábrica doblar el alambre con tanta precisión sin que se parta.

Mi cerebro ha desarrollado un mecanismo de defensa implacable contra el Derecho Administrativo. El batacazo de las últimas oposiciones del Ayuntamiento me dejó claro que ir a la guerra con un tirachinas no funciona, así que esta vez me prometí rigor absoluto y disciplina espartana. Pero a mi mente le da exactamente igual mi fuerza de voluntad; en cuanto leo la palabra "procedimiento", entra en modo de supervivencia y busca cualquier vía de escape disponible.

Y ojo, que he alcanzado un nivel de procrastinación vanguardista. Ayer, por ejemplo, me autoconvencí de que fregar los cacharros era una prioridad de salud pública que no podía esperar. Llegué a dejar sartenes a remojo estratégicamente calculadas para tener la excusa perfecta y levantarme de la silla veinte minutos después.

Cuando la cocina ya parecía un quirófano esterilizado, el boicot saltó a la editorial. De repente, se volvió un asunto de vida o muerte comprobar el interlineado de un nuevo manuscrito que nos han enviado. Y de ahí, cómo no, pasé a trazar rutas logísticas en Google Maps hasta librerías que todavía ni siquiera saben que existimos. Todo sea por no tener que memorizar las competencias del pleno del ayuntamiento.

Por si fuera poco, el nido medio vacío me proporciona munición extra. He llegado a interrumpir una lectura comprensiva de la Ley de Bases del Régimen Local para hacer cálculos matemáticos sobre si los tuppers que se llevó Cangreteen a la residencia universitaria le durarán hasta el fin de semana, o si a estas alturas el chaval ya se está alimentando exclusivamente de latas de atún y supervivencia pura.

Avanzo a paso de tortuga. Descubrir que volver a estudiar a estas alturas cuesta la misma vida ya fue un golpe de realidad, pero darme cuenta de que soy mi mayor saboteador es casi cómico. Los apuntes siguen ahí, juzgándome en silencio desde la mesa. Cuando acabe de escribir esta entrada me pondré a estudiar. Y si no, mañana volveré a intentarlo. O al menos, después de ordenar alfabéticamente los botes de especias de la despensa, que acabo de darme cuenta de que el orégano está al lado del comino y, francamente, con ese desorden no hay quien se concentre.

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