Y en lugar de maquillar la realidad con alguna anécdota doméstica, me apetece ponerme un poco más serio, aunque sin perder la perspectiva. Vamos a hablar del elefante en la habitación de muchos de los que ya calzamos cierta edad: la búsqueda activa de empleo y el silencio administrativo.
Enviar un currículum hoy en día es el equivalente moderno a meter un mensaje en una botella y lanzarlo, no al mar, sino a un agujero negro supermasivo. Adaptas tu perfil, redactas una carta de presentación con un equilibrio perfecto entre la profesionalidad y la mendicidad encubierta, le das a "enviar" y... nada. El eco. El vacío absoluto.
No os voy a engañar, es un proceso que desgasta. A los veinte años, un rechazo escuece por el ego; a los 54, con facturas, un hijo en la universidad y una mochila de experiencia a la espalda, lo que realmente te mina la moral no es que no te elijan. Es la invisibilidad. Es esa indiferencia corporativa que te hace dudar de si has escrito mal tu propio correo electrónico en el formulario o si directamente te has vuelto un fantasma para el algoritmo de Recursos Humanos. Uno empieza a cuestionarse si sus años de experiencia valen algo o si ya tiene fecha de caducidad en la frente.
Ese silencio continuo es una losa silenciosa y pesada.
Pero (porque siempre hay un pero en esta casa), el ser humano tiene una capacidad asombrosa para adaptarse a la miseria. Tanto es así que ayer ocurrió un milagro. Me llegó un correo. El asunto era el nombre de la empresa y la palabra "Candidatura". Lo abrí con el pulso temblando.
"Estimado candidato, le agradecemos su interés, pero hemos decidido avanzar con otros perfiles que se ajustan más a nuestras necesidades actuales".
¡Un no! ¡Un "no" rotundo, claro y por escrito! Os juro que por un momento quise descorchar una botella de sidra que tengo guardada desde las Navidades de 2024. ¡Alguien había visto mi currículum! ¡Existo! Me dio tal subidón de adrenalina sentir que un ser humano (o un bot muy educado) se había tomado la molestia de certificar mi existencia, que casi les respondo dándoles las gracias y deseándoles un feliz martes.
A este nivel de absurdo hemos llegado. Celebrar un rechazo como si fuera una pequeña victoria, solo porque rompe la monotonía del silencio.
Así que aquí sigo. Con el orgullo un poco abollado los días impares, pero celebrando los "noes" los días pares, hincando los codos con las oposiciones y empujando los libros de la editorial. Porque si algo te enseña la vida a estas alturas, es que por muchos mensajes en la botella que se traguen las mareas, uno tiene que seguir escribiéndolos.
Enviar un currículum hoy en día es el equivalente moderno a meter un mensaje en una botella y lanzarlo, no al mar, sino a un agujero negro supermasivo. Adaptas tu perfil, redactas una carta de presentación con un equilibrio perfecto entre la profesionalidad y la mendicidad encubierta, le das a "enviar" y... nada. El eco. El vacío absoluto.
No os voy a engañar, es un proceso que desgasta. A los veinte años, un rechazo escuece por el ego; a los 54, con facturas, un hijo en la universidad y una mochila de experiencia a la espalda, lo que realmente te mina la moral no es que no te elijan. Es la invisibilidad. Es esa indiferencia corporativa que te hace dudar de si has escrito mal tu propio correo electrónico en el formulario o si directamente te has vuelto un fantasma para el algoritmo de Recursos Humanos. Uno empieza a cuestionarse si sus años de experiencia valen algo o si ya tiene fecha de caducidad en la frente.
Ese silencio continuo es una losa silenciosa y pesada.
Pero (porque siempre hay un pero en esta casa), el ser humano tiene una capacidad asombrosa para adaptarse a la miseria. Tanto es así que ayer ocurrió un milagro. Me llegó un correo. El asunto era el nombre de la empresa y la palabra "Candidatura". Lo abrí con el pulso temblando.
"Estimado candidato, le agradecemos su interés, pero hemos decidido avanzar con otros perfiles que se ajustan más a nuestras necesidades actuales".
¡Un no! ¡Un "no" rotundo, claro y por escrito! Os juro que por un momento quise descorchar una botella de sidra que tengo guardada desde las Navidades de 2024. ¡Alguien había visto mi currículum! ¡Existo! Me dio tal subidón de adrenalina sentir que un ser humano (o un bot muy educado) se había tomado la molestia de certificar mi existencia, que casi les respondo dándoles las gracias y deseándoles un feliz martes.
A este nivel de absurdo hemos llegado. Celebrar un rechazo como si fuera una pequeña victoria, solo porque rompe la monotonía del silencio.
Así que aquí sigo. Con el orgullo un poco abollado los días impares, pero celebrando los "noes" los días pares, hincando los codos con las oposiciones y empujando los libros de la editorial. Porque si algo te enseña la vida a estas alturas, es que por muchos mensajes en la botella que se traguen las mareas, uno tiene que seguir escribiéndolos.

Bienvenida yo en tu club... solo que yo estoy despierta sin café :)) ¡Saludos de la mañana, Andreja!
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