miércoles, 27 de mayo de 2026

Bocadillos de alto riesgo y otros milagros con agujas.


Hacía tiempo que no os daba la brasa con mis achaques, pero considero que ha llegado el momento de hacer una junta médica virtual para actualizar mi estado de salud. Poneos cómodos, que hay novedades.

Empecemos por el culebrón de mi hombro. Los que me leéis desde hace tiempo sabréis que llevaba una temporada que no podía ni rascarme la espalda y que empecé a ir a un fisio. Os voy a ser sincero, tras dos visitas absolutamente dolorosas y sin la más mínima mejoría, llegué a una conclusión lógica: para sufrir sin mejora, me quedo en casa. Así que decidí dejarlo.

El milagro llegó de la forma más inesperada. Hace poco (noviembre-diciembre) fui a una revisión con mi doctora para hacer el seguimiento habitual de la celiaquía y, ya que estaba allí, le comenté el calvario del hombro. Resulta que mi doctora tiene una especie de identidad secreta: además de medicina, hace acupuntura. Ni corta ni perezosa, me hizo pasar a la zona de camillas. Me clavó unas cuantas agujas y, tras una primera sesión de apenas veinte minutos, salí de la consulta levantando el brazo un cuarenta por ciento más que al entrar. Increíble. Seis sesiones después, espaciadas cada dos semanas, he recuperado la movilidad por completo y sin dolor. Sigo estupefacto.

La semana pasada, me decidí a comentarle que los problemas de piel que me causaba la celiaquía han desaparecido casi todos, lo cual es un triunfo. Sin embargo, me habían salido unos granitos muy insistentes en la nariz y en los pómulos. Me dijo que fuera y al verlos enseguida dijo que tenían pinta de una reacción alérgica.

Fue justo en ese momento cuando se me encendió la bombilla. Llevaba tiempo notando que me picaban las manos cuando les preparaba los bocadillos a Cangreteen y a Cangrejito, pero no había dicho nada porque pensaba que era pura sugestión mía, una paranoia de tanto evitar el gluten. Al escuchar la palabra "alergia", se lo solté. Y bingo. Las piezas encajaron al instante. La doctora me confirmó que de sugestión nada: era casi seguro una reacción por el contacto directo con el pan.

¿La conclusión? Me toca ponerme guantes de látex cada vez que manipule pan normal para los niños. Y la cosa no acaba ahí: también tengo que fregar con guantes cualquier sartén, cubierto o plato que haya estado en contacto con el temido gluten. La alternativa era dejar los cacharros bajo el grifo con el agua corriendo hasta que se fuera cualquier rastro, pero tal y como están las cosas, me parece un desperdicio de agua monumental. Así que a fregar con guantes se ha dicho.

Aquí me tenéis, moviendo el brazo como un chaval, pero con mi cocina convertida en una sala de operaciones. A ver si con este protocolo digno de urgencias consigo que remitan todos los síntomas de una vez por todas.

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