Acabamos de sobrevivir a las fiestas de la ciudad.
Una semana entera de multitudes, petardos resonando en los tímpanos, horarios imposibles y esa sensación constante de necesitar un mes de vacaciones en un retiro de silencio para recuperarse de la celebración. En medio de este caos festivo, uno solo busca un poco de normalidad, como, por ejemplo, vestirse para salir a dar una vuelta sin sufrir una crisis existencial. Pero claro, en esta casa, eso es pedir demasiado.
El otro día estaba frente a mi armario, preparándome para salir a la calle. Entre perchas y ropa, me encontré con dos camisetas idénticas de Los Pollos Hermanos (sí, el mítico restaurante de Breaking Bad). Una es mía y la otra es de mi hijo, pero por algún misterioso error de logística en el doblado de la colada, ambas habían acabado en mi lado del armario.
Como buen hombre que se niega a aceptar que la vista ya no es la que era, apliqué mi técnica infalible de hacer una lupa con los dedos, acercar la prenda y achinar los ojos hasta parecer un topo deslumbrado por el sol. Tras un rápido análisis visual, logré descifrar que una era talla XL y la otra la L. "Perfecto", pensé, "la mía es la XL".
Me la pasé por la cabeza, metí los brazos y... de repente, me quedé sin aire.
Aquello no era una camiseta, era un traje de buzo talla cadete. Me quedaba tan absurdamente petada que se me marcaba hasta el latido del corazón, por no hablar de la curva de la felicidad, que de pronto parecía haber cobrado vida propia. El pánico se apoderó de mí. ¿Cuánto había engordado en una sola semana? ¿Tanta factura me habían pasado las fiestas? Me miré al espejo y vi a un señor embutido al vacío. Con todo el peso de la resignación y la moral por los suelos, me puse una sudadera encima para ocultar mi decadencia física y salí a la calle, pasando toda la tarde elucubrando sobre qué dieta draconiana iba a tener que empezar al día siguiente.
Al volver a casa, arrastrando los pies y mi pesadumbre, busqué a Mamá Cangreja. —Oye, ¿tanto he engordado? —le solté, a bocajarro. Ella me miró de arriba abajo, extrañada. —¿Qué dices? No, yo te veo igual que siempre. —Imposible. Me he puesto la camiseta de Los Pollos Hermanos y me va súper ceñida, casi me corta la circulación.
Mamá Cangreja, con esa intuición que la caracteriza, se acercó, me tiró ligeramente del cuello de la sudadera para asomarse a la etiqueta de la camiseta y empezó a reírse a carcajadas. Una de esas risas que te confirman que has hecho el ridículo sin saberlo.
Resulta que mi magistral técnica de achinar los ojos había fallado estrepitosamente. En la etiqueta no ponía XL, ni mucho menos L. Mi lamentable vista había confundido una gloriosa y diminuta XS con una XL. Llevaba toda la tarde embutido en la ropa de mi hijo, sufriendo por mi peso y calculando calorías, cuando el único problema real era mi terquedad visual.
Menudo susto me he llevado. De momento, he cancelado la dieta indefinidamente y me he comido un buen bocadillo para celebrarlo, pero creo que ha llegado la hora de dejar un par de gafas de lectura cerca del armario.

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