
Los recuerdos pueden variar o por qué he decidido dejar de comerme mi infancia.
Hablo de esa traición silenciosa que sufrimos los que ya peinamos alguna cana cuando intentamos revivir nuestra juventud a través del paladar. Te entra la morriña, te compras ese dulce que te hacía inmensamente feliz en los recreos, le das un bocado y el castillo se desmorona. Me ha pasado ya unas cuantas veces. Me pasó con el pastelito de la Pantera Rosa. Yo recordaba una cobertura firme, que crujía al morderla, y un día me encontré con algo blandengue y mantecoso que se me pegaba al cielo de la boca. Me ha pasado con los Phoskitos, con el mítico Mikolápiz e incluso con el polo Drácula.
Pero la gota que ha colmado el vaso de la nostalgia ha sido el Tulicrem. Sí, amigos, la legendaria crema de cacao de la misma marca que aquella merienda de tres colores de toda la vida. Esta semana la vi plantada en una estantería del súper y me dio un vuelco el corazón. Por puro instinto de supervivencia de la vida moderna, le di la vuelta al bote, comprobé con alivio que era sin gluten y, al ver que había vía libre, la eché a la cesta con la ilusión de un niño de ocho años con paga doble.
Llegué a casa, destapé la tarrina preparado para viajar en el tiempo a la mesa de la cocina de mi madre y... error. No voy a mentir, el sabor se aproxima bastante a lo que guardaba en mi disco duro mental, pero el aspecto me descolocó por completo. Yo recordaba un color mucho más claro, distinto, y lo que tenía delante era sustancialmente más oscuro. Y ahí, con la cuchara en la mano y cara de póker, me asaltó la gran duda existencial.
¿Qué ha pasado aquí? ¿Han cambiado las empresas sus fórmulas magistrales en secreto? ¿Quizá los gustos de los niños de hoy en día son diferentes y han tenido que adaptar las recetas? ¿O es que, simple y llanamente, el que ha cambiado soy yo? Es muy probable que mi paladar haya madurado, o que la vida adulta me lo haya vuelto más cínico, quién sabe. Lo que es innegable es que el niño que devoraba esas cosas sin importarle un rábano de qué estaban hechas ha desaparecido. Hoy, antes de meter algo en el carro, escudriño la letra pequeña de los ingredientes como si buscara un mensaje cifrado del gobierno, a veces necesitando casi una lupa para descifrar lo que lleva.
Tras el incidente del Tulicrem, he llegado a una conclusión triste pero firme: he decidido no volver a probar nada de cuando era pequeño. Se acabó el experimento. Creo que me gusta muchísimo más el recuerdo idealizado y perfecto que tengo en la cabeza que la realidad actual reformulada. A partir de ahora, mi infancia se queda exactamente donde está: a salvo en mi memoria, lejos de mis papilas gustativas de adulto y a una distancia prudencial de mis gafas de cerca.
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