Los que pasáis por aquí de vez en cuando ya sabéis que tengo cierta afición a aporrear el teclado. Sí, hablo de esa famosa novela mía que se vende a la misma velocidad que las obras de la Sagrada Familia y que, con un poco de suerte, acabará siendo un éxito arrollador... en el mercadillo de mi barrio. El caso es que, aunque mi carrera literaria esté plagada de bloqueos creativos y de glorias puramente imaginarias, parece que la genética ha decidido hacer de las suyas, pero esta vez para bien.
Resulta que el gen de juntar letras ha mutado y se ha perfeccionado en la siguiente generación. La cosa empezó con Cangreteen. Allá por 4º de la ESO, hace un par de años, decidió (les obligaron) presentarse a un concurso de narrativa de su instituto y, para sorpresa de nadie (bueno, mía un poco, que soy padre y sufro por defecto), lo ganó. Lo hizo con un relato breve que rebosaba un ingenio y una soltura que ya me gustaría a mí tener cuando me siento a mirar el cursor parpadeante en la pantalla. Aquello fue un chute de orgullo tremendo, pero pensé que sería un caso aislado, un chispazo de brillantez adolescente entre partida y partida de la consola.
Pero me equivocaba.
El otro día llegó Cangrejito a casa con una sonrisa que no le cabía en la cara. Habían organizado un concurso de poesía entre todas las clases de 5º de su colegio y, agarraos fuerte: ha quedado primero. Primero. En poesía. Yo a su edad pensaba que rimar "camión" con "corazón" era la cúspide de la lírica moderna, y este niño se me vuelve Bécquer de la noche a la mañana, con rima, métrica y un desparpajo que me dejó con la boca abierta.
A partir de ahí, pues qué os voy a contar: llevo días con el pecho inflado como un palomo y una tontería encima que no me la quita nadie. A veces uno se pasa la vida educando, repitiendo las mismas cosas mil veces, y esperando en secreto que a los hijos se les pegue algo bueno de ti, y resulta que las cosas pasan, sin más.
Yo, en mis cincuenta y pico, nunca he ganado absolutamente nada en esto de escribir, ni un mísero accésit en las fiestas del pueblo. Pero, sinceramente, sentarme en el sofá y ver que estos dos me superan por la derecha, sin poner el intermitente y siendo tan jóvenes, es mejor que ganar cualquier Premio Planeta. De tal palo, tal astilla, sí... pero con la madera mil veces mejorada.
Resulta que el gen de juntar letras ha mutado y se ha perfeccionado en la siguiente generación. La cosa empezó con Cangreteen. Allá por 4º de la ESO, hace un par de años, decidió (les obligaron) presentarse a un concurso de narrativa de su instituto y, para sorpresa de nadie (bueno, mía un poco, que soy padre y sufro por defecto), lo ganó. Lo hizo con un relato breve que rebosaba un ingenio y una soltura que ya me gustaría a mí tener cuando me siento a mirar el cursor parpadeante en la pantalla. Aquello fue un chute de orgullo tremendo, pero pensé que sería un caso aislado, un chispazo de brillantez adolescente entre partida y partida de la consola.
Pero me equivocaba.
El otro día llegó Cangrejito a casa con una sonrisa que no le cabía en la cara. Habían organizado un concurso de poesía entre todas las clases de 5º de su colegio y, agarraos fuerte: ha quedado primero. Primero. En poesía. Yo a su edad pensaba que rimar "camión" con "corazón" era la cúspide de la lírica moderna, y este niño se me vuelve Bécquer de la noche a la mañana, con rima, métrica y un desparpajo que me dejó con la boca abierta.
A partir de ahí, pues qué os voy a contar: llevo días con el pecho inflado como un palomo y una tontería encima que no me la quita nadie. A veces uno se pasa la vida educando, repitiendo las mismas cosas mil veces, y esperando en secreto que a los hijos se les pegue algo bueno de ti, y resulta que las cosas pasan, sin más.
Yo, en mis cincuenta y pico, nunca he ganado absolutamente nada en esto de escribir, ni un mísero accésit en las fiestas del pueblo. Pero, sinceramente, sentarme en el sofá y ver que estos dos me superan por la derecha, sin poner el intermitente y siendo tan jóvenes, es mejor que ganar cualquier Premio Planeta. De tal palo, tal astilla, sí... pero con la madera mil veces mejorada.

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